Mostrando entradas con la etiqueta Los Galgos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los Galgos. Mostrar todas las entradas

99. Los Galgos

Un par de meses más adelante del encuentro con la mujer que él había creído que fue la que mejor lo quiso en la vida se le diagnosticó un agujero macular. Esto ya lo sabemos. Recordemos ahora que más o menos un año después de la operación que cerró con éxito ese agujero en la mácula, ante las quejas de él en el sentido de que seguía viendo mal, el cirujano Daniel Charles le diagnosticó una maculopatía miópica, que nada tiene que ver con un agujero macular, o por lo menos en este caso, y le recomendó, el cirujano, ya que su caso permite ser optimistas, una serie de tres o cuatro inyecciones, a una por mes, para mejorar o, incluso, curar la maculopatía. Estas inyecciones, que no requieren cuidados anteriores más que algunas gotas en el ojo izquierdo durante las 48 horas previas y otras gotas durante la semana siguiente a la operación, se ponen en un quirófano con anestesia local. Por eso, alentado por su oftalmólogo, que ya resolvió un problema, él acepta el tratamiento de tres o cuatro inyecciones que, como es obvio, se completará en tres o cuatro meses.


92. Los Galgos

No vamos a escuchar nada más acá.
Y no vamos a volver a ver nada o casi nada de lo que vimos.
La escena está terminada pero al mismo tiempo algo permanecerá de esta escena en las inmediaciones de la historia que continúa.
Sivori, para tratar de despejarlo, para intentar que piense en otra cosa y no en las historias equivocadas le propone que vean una película de Steven Shainberg en la que Nicole Kidman interpreta a la fotógrafa neoyorkina Diane Arbus. El director, un hombre que no ha llegado todavía a los 50 años, vivió en los '90 en un monasterio zen y sus películas son una deriva independiente que a veces se detiene en personajes inquietantes: es el caso de An Imaginary Portrait of Diane Arbus (2006), una mujer conmovida y obsesionada por el mundo de los freaks. En 1972 fue la primera fotógrafa estadounidense invitada a la Bienal de Venecia y el MoMA produjo su primera exposición retrospectiva. Arbus se había suicidado en 1971. Por este camino, entonces, el de la fotografía y las mujeres, Sivori y él, entran en los imaginarios de Diane Arbus, de Ruth Orkin y de Annie Leibovitz.

Bill Murray en Flores rotas de Jim Jarmush (2005)

La última vez que vio a su padre comprobó que no tenían nada que decirse, nada que preguntarse, nada en común. Su padre estaba internado en el Hospital Fernández en espera de un diagnóstico y cuando él fue a verlo le dijo que pagaría cualquier cosa, su padre, por tomar un café y fumar un cigarrillo. Entonces él le dio su impermeable y lo ayudó a ponérselo y juntos bajaron en un ascensor enorme, apto para camillas, pensó él, salieron a la calle y fueron hasta un bar que había en la esquina. Lloviznaba. Al lado del bar había un kiosco. Él compró un paquete de Marlboro box y un encendedor Bic. Después se sentaron a una mesa, la primera que encontró a su paso el padre, y pidieron dos cafés, y fumaron. Él también fumó, quizás para tener algo que hacer, algo con que entretener las manos mientras observaba la mirada del padre que estaba detenida afuera, en algún punto o alguna cosa en la calle que estaba o parecía estar, si es que era algo y no nada, a espaldas de él. Su padre había adelgazado un poco, tenía el bigote gris y mal cortado, y parecía ensimismado o, también le pareció posible a él, fuera de todo. En los diez o quince minutos que estuvieron en el bar casi no hablaron. Su padre le pregunto: 1° por su hermano, es decir por el hijo menor del padre; 2° por su madre, la madre de él y de su hermano; y 3° por Racing, quería saber cómo iba Racing. En estos intercambios breves, ya que las respuestas de él podrían resumirse, las tres, en una sola palabra: Bien, el padre no desvió la mirada de la ventana y no lo miró. Pero él vio que tenía los ojos marrones con algunas estrías de sangre y nublados, no por lágrimas sino por imágenes que él jamás sabría cuáles eran. De modo que por fin pagó los dos cafés y se fueron. El padre, sin decir nada, se guardó en un bolsillo del pijama que tenía debajo del impermeable los cigarrillos y el encendedor.

Steven Shainberg, An Imaginary Portrait of Diane Arbus (2006)

85. Los Galgos

Por fin ella, la chica que él había creído que fue la que mejor lo quiso en la vida, Tamara Maragall, y él, se levantan de la mesa en el café Los Galgos y salen a la calle. Por eso recordará, él, después, el café también visto desde afuera. En realidad no lo ha visto como le parece recordarlo pero con todas las cosas es igual: el recuerdo es una cosa, la realidad es otra, y la ficción es la única verdad. La gente, sobre todo las mujeres, la miran al pasar y ella pasa naturalmente entre todos, con una especie de gramática del caminar frente a la mirada de los otros como si estuviera sola en el mundo pero al mismo tiempo dando a entender que los ve a todos, que no los ignora, que si no fuera por ellos, por todos ellos, ella no existiría.
Caminan cien metros juntos, se dicen las cosas propias de una despedida, en la esquina siguiente se detienen, se prometen volver a verse, se abrazan y ella se va para un lado y él para el otro. Como un imbécil él recuerda ahora que se había propuesto comprar sábanas y que fue caminando hasta Palacios en la esquina de Marcelo T. de Alvear y Uruguay... ¡Comprar sábanas! Después de un encuentro como el que terminaba de protagonizar... La vida está llena de roles protagónicos. Casi todos son aburridos. Muchos son obvios. Algunos son demoledores. Otros, muy pocos, tanto que casi no existen, son los que le dan razón de ser y dimensiones épicas a a la existencia.
   -En un caso así -dice él-, si estuviéramos en una novela o en una película, lo que habría que hacer es tomarse  un taxi y perderse a lo lejos por Callao en la bruma de un atardecer oscuro. Y tener bien en claro que no es el comienzo de una bella amistad.
María juega con el encendedor entre los dedos. Y él, que la ha mirando tanto, y que le ha mirado tanto los dedos, recién en este momento se da cuenta de que la piedra que lleva en el anillo de oro tipo sello en el anular de la mano derecha es una esmeralda.
Tenía ganas, ella, María, de comer un tostado, algo tan simple como eso en Buenos Aires: un tostado de jamón y queso con una cerveza. De modo que compraron cigarrillos en un kiosco frente a La Placita y siguieron caminando y unas cuadras después, en una esquina, encontraron un bar que a ella le gustó y eligieron una mesa y pidieron dos tostados mixtos y dos porroncitos de Heineken.
En el diario dice: 1. Te amo, te necesito. 2. Vos, cojeme. Si me amás, cojeme. 3. Si me amás mucho cojeme mucho. 4. AMAME (Siempre).
Sin embargo, ahora, tantos años después, ella, esa chica, Tamara Maragall, una diosa de la moda en el mundo entero, la chica que él había creído que fue la que más lo quiso en la vida, le escribe para decirle que él sigue siendo un hombre oscuro, frío y sin amor.

Susurros perdidos: ¿qué se dicen?

78. Los Galgos

Tiene razón Sivori cuando le dice que Carola y María antes que sofisticadas están inscritas por las circunstancias o por los modos de sus vidas laborales. No están donde están sólo porque quieren sino porque para estar donde están es necesario algo en el orden del desprendimiento y de la moderación. No se puede pretender que la gente se entienda mejor gracias a tu trabajo si no hacés tu trabajo con una dedicación que a veces se pone por arriba de todo, como una exigencia. Mi hija se llama Mora, dice él, cumplió 24 años, recién se recibió de arquitecta y tiene una enorme imaginación para diseñar edificios, proyectos nuevos, en medio de espacios condicionados por otros edificios tanto o más originales o creativos que el que vendrá a sumarse. El mes que viene empieza una pasantía en el estudio de Pelli para el edificio corporativo de una empresa en Puerto Madero Sur. Mora vivió conmigo los últimos tres años y ahora se fue a vivir sola a Colegiales. Nos vemos seguido, casi siempre almorzamos juntos una vez por semana, y hablamos. Es muy dulce y sé que le hace bien sentir que sigo cerca de ella... Qué bueno, dice María, yo no quise tener hijos con un hombre al que amaba, hace diez años, por mi trabajo. Puse el trabajo por encima de una vida familiar. Al principio me sentí feliz y fuerte con la decisión, dice, hoy no estoy tan segura pero ya está, el tiempo pasa y las mujeres vamos quedando afuera de alguno de los mercados posibles, el laboral, el familiar, el artístico, ¿no? Caminan por Palermo, ella y él, sin urgencia, sin un destino inmediato, reconfortados todavía sin saber hasta qué punto por este encuentro que ninguno de los dos podía imaginar apenas un par de días atrás. Esta noche, de todas maneras, él recibirá un mail, también inesperado, de la chica que el creía que mejor lo había querido en la vida, en el que le dirá que a pesar de que ella no recuerde de qué diario escrito por ella hablaba él y de que les habían sacado fotos en Pedraza, Segovia, cuando viajaron juntos un invierno a Madrid, no entendía por qué no se los había devuelto. Y que se había puesto a pensar, le dirá, y que sí recordó que él siempre, en el fondo, le había parecido un hombre oscuro, frío y sin amor.



Granite Mountain. Little Cottonwood. Utah (EE UU)
En los túneles excavados en la roca de esta montaña se guardan los archivos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, también conocidos como mormones: millones de registros genealógicos de habitantes de todo el planeta. También los tuyos. ¿Para qué los quieren? A nosotros también nos gustaría saberlo.

71. Los Galgos

Yo te miraba en la peluquería ahí sentado con babero y el pelo mojado y pensaba ese hombre es mío qué maravilla puedo quererlo todo lo que quiera puede hacer de mí lo que quiera es bueno saber que hay alguien que puede hacer con uno cualquier cosa.
Dice el diario escrito con líneas que cubren el viernes 20 y el sábado 21, escritas con tinta negra y sin puntuación.
Esa chica, la que tiene el pelo largo, jeans, borcegos y una campera de cuero cuando se besan, él y ella, a pocos metros de la muralla del castillo de Pedraza, en Segovia, una muralla con torres en un atardecer color de oro, no se acuerda del diario del que él le habla ni tampoco de que les hubieran sacado fotos en Pedraza.
Dos mujeres jóvenes, muy probablemente dos secretarias que trabajan en oficinas cercanas, las dos sobre los 30 años pero intentando que no parezcan más de 27, entran a tomar un café y lo primero que ven, ellas, es, para ellas, Tamara Maragall y se quedan con la boca abierta, caminan más despacio, eligen cualquier mesa y comienzan a cuchichear.
Esa chica no se acuerda del diario ni de que un día se lo dio, uno de esos días en que de pronto uno de los dos, en una pareja, mientras discuten, le dice al otro:
     -¿Qué te pasa conmigo?
     Y escucha como respuesta:
     -¿Querés saber qué me pasa con vos? Leé esto.
Sin embargo, cuando un par de días después él reciba un mail de esa chica leerá que ella le pregunta con todas las letras por qué no le devolvió el diario y la foto como si fuese evidente que era lo que tendría que haber hecho. Y eso no será lo más duro, lo más ofensivo, lo más desconcertante que leerá.
Pero no quedará bien parado después de leerlo.

David Lynch, Terciopelo azul (1986)

64. Los Galgos

¿Te hice llorar alguna vez?
La pregunta escrita en la parte superior a lo largo de las dos páginas de una semana abierta del mes de abril lo estremece.
Tamara estaba a punto de cumplir 26 años.
Hija de un catalán inefable de derecha y de una rusa desorientada ella habla a veces más de su abuela, Mariana Andréyev.
Ahora él le pregunta si se acuerda dónde se dieron el primer beso. Ella arma su más espléndida sonrisa y no dice nada, lo que quiere decir, piensa él, que para ella todos los besos que se dieron fueron los primeros o que no, que no se acuerda pero que no le da a esa falta de recuerdo ninguna importancia.
Se conocieron en el diario en el que trabajaban, ella en Moda&Tendencias, él en Sociedad.
Ella dibujaba los diseños de otros en notas ilustradas con fotos y sus dibujos. Él escribía sobre temas llamados de interés general. Ya se había negado dos veces a pasar a Cultura y sabía que la próxima vez no podría decir que no...
Un día -ella se estaba separando de su primer marido, que después se iría a vivir a México, y se negaba mientras tanto a que las cosas entre ellos progresaran- algo cambió. Un día se encontraron en el ascensor, o él hizo todo lo posible para que se encontraran en el ascensor, o ella hizo lo necesario para que se encontraran en el ascensor, y mientras bajaban se besaron.
El encuentro de hoy, él lo intuye en los gestos de ella, en pequeñísimos silencios antes de cambiar de un tema a otro, está por terminar, y no tolera bien, él, ese hecho: que este encuentro en el bar Los Galgos termine.
¿Se besarán cuando se despidan?
Hoy ella, Tamara Maragall, la chica que más lo ha querido en la vida, es tendencia.

56. Los Galgos

El día en que él se encuentra con la chica que mejor lo ha querido en toda su vida la relación con la mujer que busca sparrings había terminado definitivamente tres meses antes. El corte se había producido después de un fin de semana largo en Cariló en el que ella, a partir del segundo día, comenzó a ponerse de mal humor y resolvió seguir escribiendo la obra de teatro que escribía desde hacía unos meses. Ella es dramaturga, por así decirlo.
De modo que había que buscar bares con wi-fi y mientras él leía los diarios o alguna novela ella trabajaba. Cuando por fin volvieron de esos cuatro días verdaderamente incómodos él le dijo que cortaban. Ella, por supuesto, se mostró sorprendida y le dijo que no entendía por qué.
Así que en el momento de la cita en el café Los Galgos él se siente no sólo libre sino también liviano y de buen humor. Además, había encontrado el diario que le había regalado su chica de otros tiempos y una foto de ella cuando, en aquellos tiempos, usaba el pelo largo, con algunas ondas y de su color natural: un rubio ceniza en el que a pesar de la juventud ya se veían algunas canas.
Ahora ella no recuerda ese diario.
Pero él no podrá olvidar ya nunca la primera frase que leyó cuando lo abrió al azar.
Un poco más adelante la mujer que buscaba sparrings le propuso continuar. Entonces fue él quien no supo por qué pero aceptó y el intento duró apenas otros dos meses, hasta el día en que a él el cirujano Daniel Charles le operó un agujero macular en el ojo izquierdo.
La frase escrita en aquel diario por la chica que más lo quiso, un martes 3, decía: Sólo por esto te amaría -me dijiste- pero te amo por todo lo demás. Y me rompiste el culo. Yo te amo por eso.


Agua fresca

52. Los Galgos

Y así vamos adelante, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.
FSF.

Cuando se conocieron la chica que él cree que ha sido la que más lo ha querido en la vida dibujaba para diseñadores de moda establecidos y si bien ella no lo era, o sólo era todavía una aprendiz, contaba con un reconocimiento creciente de su talento y su originalidad.
Pero esto para ella no era suficiente. Quería más. Quería triunfar. Quería que el mundo se aprendiese de memoria su nombre, su figura y sus diseños.
De todas maneras estaba enamorada de él y sólo hacia el final de aquella historia apasionada la ambición de la chica comenzó a pesar entre los dos.
Ella empezó a presentarse en concursos, a viajar con su carpeta a cuestas, su portfolio cada día más creativo y audaz, y en esa carrera que nacía no abandonó sus gustos por el tabaco, por el alcohol y por la cocaína.
Sin embargo, como ella decía, lo manejaba.
Entonces él le cuenta que consiguió, ahora, la manera de comunicarse con ella -una dirección de mail- porque sin proponérselo, buscando otras cosas, había encontrado en una caja archivada en un armario un diario que ella había escrito durante varios meses mientras estaban juntos. Y era un diario que sólo hablaba de la relación entre ellos, de los defectos y las virtudes de él, y de lo mucho que ella lo amaba en todas sus versiones.
No recordaba, él, ese diario. Pero recordó de inmediato por qué ella se lo había regalado y la frase que descubrió, hojeándolo, de pronto, y que lo había estremecido.
Ella, que lo escribió, tampoco se acuerda en este momento de ese diario.
Está casada desde hace siete años y tiene, con su marido, un hijo, el primero de él y el segundo de ella. Un chico, le cuenta, que es un encanto. 
Él no sólo la mira: la contempla, la observa. Todo parece absolutamente normal pero hay algo que no cierra, como si haber abandonado todas las drogas la hubiese dejado en un punto de desolación en el que la memoria recuerda o no recuerda a través de leyes que él no consigue establecer.
Pero esto también podría ser una ilusión óptica.

47. Los Galgos

Primero se hacen preguntas sobre sus familias, sus amigos y sus trabajos. Ella, mientras hablan, toma un par de sorbos de agua y no deja de mirarlo o de estar atenta a la situación, al encuentro, podría decirse, porque lo cierto es que vuelven a verse después de muchos años.
Ella tiene una hermana casi discapacitada que estaba casada con uno de esos empleados internacionales de alguna empresa como Samsung, por ejemplo, y su vida consiste en mudarse cada tanto de país, reorganizar la empresa en el país de destino y esperar que le fijen uno nuevo. Tenían un hijo, un bebé en aquellos años, completamente normal.
Pero el marido de la hermana hizo hace pocos años un viaje corto a un país de Europa Central y se enamoró allá de una empleada jerárquica de Samsung. Entonces se separó de la hermana de ella, nunca volvió a verla ni tampoco a su hijo que ahora tiene, pongamos, 11 años.
Por su parte, los padres de él, que estaban separados desde que él era chico, se murieron no hace tantos años, él no ha vuelto a ver a sus tres hermanos que en rigor son, de él, medio hermanos, y sólo mantiene una relación cercana y de mucho cariño con su hija, una chica que hoy tiene 24 años y que acaba de terminar la carrera de arquitectura.
Sólo después aparece entre ellos el silencio que en en estos reencuentros precede a entrar en otra materia: ¿qué ha sido y qué es de ellos, de cada uno de ellos?
Ella sabe que él sigue escribiendo novelas y publicando sus novelas y él sabe que ella -¿cómo no saberlo?- ha hecho de sus diseños de ropa una tendencia de éxito mundial con epicentros en París y en Berlín. Fabrica, ella, la ropa que diseña, y lo hace sobre todo en China y otros países asiáticos con standards altos de calidad y costos de mano de obra muy bajos. La fama de ella da todo el tiempo la vuelta al mundo, la ha convertido en una mujer popular y la gente la reconoce por la calle.
De hecho, en ese mismo momento, se les acerca a la mesa una mujer joven y alta que primero pide disculpas por interrumpirlos, después le expresa a ella su admiración y lamenta no haberse puesto ese día un vestido sensacional de seda azul Francia diseñado y fabricado por ella y le pide, por fin, un autógrafo y sacarse una foto juntas.
Él, por supuesto, cumple con la función de sacarles la foto con la cámara del teléfono celular de la admiradora de la mujer que mejor lo ha querido en toda la vida, y entonces vuelven a sentarse, a sonreír, a hacer un par de comentarios acerca de este tipo de servidumbres con las que ella no ha tenido más remedio que acostumbrarse a vivir.
Él no puede dejar de pensar que es obvio que el espacio que ella ha ocupado en la relación entre los dos ha sido más amplia que al revés. Y que lo sigue siendo.
Pero eso no le molesta.
Nunca le molestó.
Es, piensa, lógico.
Primero pensó natural.
Después se le ocurrió que era lógico.

43. Los Galgos

Entonces ella entra en el café por la puerta de Callao y algo parece iluminar el bar, o disparar estrellitas, o -¿qué otra manera hay de decirlo?- algo llama la atención. Por eso una pareja sentada a una mesa junto a la ventana de Lavalle la mira y un hombre que está por salir por la puerta de la ochava se detiene...
La chica tiene hoy unos cuantos años más que cuando se conocieron pero parece, de todas maneras, una mujer joven, y es atractiva, con su pelo en una melena muy corta de color intensamente negro y vestida con pantalones y una camperita o una chaquetilla que hacen pensar que son de cuero negro pero cuya gracia consiste justamente en no ser de cuero y en promover la idea de que ropa así, igual que los borceguíes que lleva, los diseña y fabrica ella o sólo se consiguen en Nueva York, una de las ciudades del mundo, igual que París o Berlín, a la que viaja por lo menos un par de veces al año.
Así que se sienta, ella, por fin, a su mesa, y sólo quiere tomar un agua sin gas y una sonrisa que es su amplia, bella sonrisa de siempre no se le cae de los labios cuando le pregunta a él cómo está después de tanto tiempo y él no encuentra las palabras que debe decir primero. Por eso sonríe, también, mueve la cabeza, pide, él, otro café y dice Bien, dejé de fumar.
Todos dejamos de fumar, dice la chica que él cree que es la mujer que más lo ha querido y lo dice con una simpatía que lo ayuda, a él, a sentirse mejor en su silla, y a repetir Estoy bien, muy bien, ¿y vos?

38. Los Galgos

Ya no quiere distraerse y, en la distracción, perder el tiempo.
En el fondo sabe, aun cuando ya haya terminado el segundo café, que ella no está tan retrasada y sabe, con esa intuición que a veces lo gobierna como si fuera una certeza, que la chica, la mujer que mejor lo ha querido, está a punto de llegar.
Por eso no quiere distraerse, no quiere que los pensamientos se le vayan a cualquier lado o queden a la deriva entre escenas de infancia o imágenes finales de una relación amorosa que resultó el fracaso más completo en sus últimos seis o siete años.
Ella no tuvo en la relación con su madre, la hija de Marina Andréyev, la misma relación de fuerte cariño que tuvo con su abuela. Es sabido que en algunos casos las relaciones entre hijas y madres suelen ser desquiciantes, por lo menos durante un tiempo... y a veces a lo largo de toda la vida.
Pero ella había conseguido, a partir de sus veinte años y poco después de irse de la casa de sus padres a vivir sola con su primer hijo, cuando el chico tenía apenas tres años, restablecer algo en el vínculo con su madre: no desaparecieron por completo ni la beligerancia ni los desacuerdos, pero sí pudieron, de tanto en tanto, tomar el té con scons en casa de la madre y hablar de las cosas de la vida.
Entonces, en ese preciso momento, por las puertas que dan a Callao, aparece ella.

34. Los Galgos

El segundo café, le parece, no está tan bien hecho como el primero. Lo ha pedido hace un par de minutos ante la posibilidad de que la mujer que está esperando se demore mucho más o, incluso, de que no vaya, tal como quedaron, a encontrarse con él en ese bar que, por otro lado, fue propuesto por ella.
Pero cree que más tarde o más temprano ella aparecerá y será más o menos eso, una aparición, después de tantos años sin verse. El encuentro lo arreglaron por mails y él sabe, porque ha visto fotos recientes en diversas revistas, que a pesar de los años que han pasado ella mantiene una apariencia juvenil, muy delgada, el pelo muy corto, la ropa de rigurosa moda comprada obviamente en Nueva York.
Y si él cree que de todas sus relaciones amorosas a lo largo del tiempo ella ha sido la mujer que más o mejor lo ha querido debe reconocerse a sí mismo que la atracción y el amor que él sintió por ella sobre todo a lo largo del primer año fue una pasión o lo más parecido que él ha vivido como una pasión.
Nadie es nadie si nunca nadie te ha querido apasionadamente.
Mientras toma su segundo café, entonces, y observa los pocos movimientos que hay en el bar -un hombre que sale, una pareja que entra por la puerta de Lavalle, un mozo que va y viene sin ningún apuro- y piensa en lo que piensa, es decir en ella y en la forma que él cree que se amaron, intenta -él lo sabe- alejar las imágenes del Colegio del Salvador de cuando él hizo buena parte de la escuela primaria hace ya, también, muchos años.
Hay una época en la vida en que todo parece haber sucedido hace tanto, tanto tiempo...

30. Los Galgos

Hacia el final de la película, cuando Dirk Bogarde vuelve con Jane Birkin a Niza después de haber ido a pasear a Cannes, él, en una estación de servicio, de pronto le pregunta: ¿Fui un mal padre, verdad? Y ella con una sonrisa le contesta: Sí, papá... Pero me hiciste reír y llorar.
La película dirigida por Tavernier es de 1990. Jane Birkin tenía 44 años y Bogarde 69. Él murió nueve años después de un paro cardíaco en Chelsea, Londres, y Daddy Nostalgie fue su última película.

24. Los Galgos


        El bar, lo dice en un par de vitrinas en la calle, nació en 1930. ¿Hasta cuándo sirvió, como todos los bares de la época, café de filtro y cuándo comenzó a servir café exprés? ¿Y por qué, en todo caso, ese antiguo bar, situado en una de las esquinas más cotizadas del centro comercial porteño, ha sobrevivido hasta hoy y ha sobrevivido sin cambios estructurales?
        Mientras sigue esperando, y antes de pedir un segundo café, él recuerda dos cosas: la abuela de ella, la mujer que está esperando, tenía una abuela rusa, una poeta llegada a la Argentina en algún momento de la Segunda Guerra Mundial, una chica que parió a la madre de ella en la calle, porque no llegó al hospital, asistida por un cartero y por una florista. La abuela de ella se llamaba Marina Andréyev y había nacido en Lúga, no demasiado lejos de San Petersburgo, ex Leningrado. Algo del carácter indomable de esa abuela, le ha dicho ella alguna vez a él, ha heredado ella y eso la ha hecho tan fuerte como débil.
        También recuerda, él ahora, una escena en el comedor del Colegio del Salvador, puesto que él era medio pupilo y almorzaba todos los días en el colegio.
        Entonces levanta la mano, llama al mozo y pide un segundo café.

20. Los Galgos

Está a punto de pedir otro café pero piensa que ella probablemente llegue en cualquier momento y podrían hacer un solo pedido. De esa manera él lograría, además, olvidarse de la tardanza de la mujer que él cree que es la mujer que más o mejor lo quiso en la vida.
Está en eso. Pero el pensamiento se le bifurca todo el tiempo: por un lado tiene recuerdos de ella que lo asaltan como una sucesión aleatoria de imágenes en muy diversas situaciones: una noche en la inauguración de una lechería cuando hace años se había puesto de moda abrir lecherías. Él la tiene a ella por la cintura y ella, vestida de negro y con guantes hasta las codos se ríe con clara felicidad. El local, en la calle Uruguay, se llamaba, le parece recordar, La Lecherísima y entre los invitados había muchos políticos. Por otro lado lo asaltan, sin descanso, imágenes del Salvador. Por ejemplo, cuando una tarde su división quedó castigada después de hora y los curas los hacían marchar por uno de los siete patios internos que tenía el colegio. Delante de él marchaba un pibe alto, flaco, rubio, alemán, algo así como Gerard Müller, que de pronto levantó un brazo y pidió permiso para ir al baño. No lo dejaron ir. Entonces lo que recuerda, él, ahora, sentado a una mesa del café Los Galgos, mientras espera la llegada de ella, es que poco después Müller comenzó a cagarse encima y que él vio entre el borde del delantal gris y las medias tres cuartos dos hilos de diarrea. Pero el chico no volvió a pedir permiso para nada.
Vuelve a pensar que si todavía fumara encendería un cigarrillo.

17. Los Galgos

Pero antes de pedir otro café ha vuelto a mirar el frente del Colegio del Salvador que ocupa toda la cuadra de Callao entre Lavalle y Tucumán. Él fue a ese colegio desde segundo hasta sexto grado. Hace mucho. Pero esos cinco años le grabaron en la memoria recuerdos que él sabe que ya no se borrarán. El día que tomó la primera comunión, por ejemplo, o el acto de izar la bandera, todas las mañanas, en el patio principal. Y si uno llegaba un poco tarde, justo en el momento en que un alumno del secundario lo hacía, debía plantarse firme en su sitio y contemplar desde ahí la ceremonia. A continuación ha recordado una escena humillante, cuando estaba en quinto grado, y un cura lo mandó a llamar a la Administración y le informó que su padre estaba atrasado en el pago de las cuotas y que la situación era insostenible. Una infancia.

12. Los Galgos

La boiserie original coexiste con un pequeño televisor situado sobre la puerta de entrada que está en la ochava, con espejos, con algunas mesas cubiertas con manteles y otras no, y con un par de esas pantallitas a gas que dan calor. También coexisten, en Los Galgos, cortinas en las ventanas, ventiladores de techo, tubos fluorescentes y gente de edades diversas.
Él ha terminado el café y ahora no sabe qué hacer. Han pasado más de quince minutos y la espera comienza a inquietarlo. Está allí esperando a una mujer. Combinaron para encontrarse allí, la mujer y él, porque ella propuso ese bar. Él sabe que a ella le queda cerca de la casa y a él le da lo mismo. Ese u otro. Pero ese tiene el valor agregado de su antigüedad, tanto que puede decirse que es un bar histórico de Buenos Aires.
A través de una ventana ve, enfrente, el colegio de los jesuitas y recuerda, de pronto, el día de su primera comunión. Pero no quiere pensar en eso en este momento. Prefiere esperar y pensar en la mujer que está esperando.
Ella y él hace diez años que no se ven. Fueron, en aquel tiempo, novios, o una pareja, o como se quiera llamar a la relación amorosa que sostuvieron durante tres años.
Él espera a esa mujer y se repite que quiere decirle, entre otras cosas, después de tanto tiempo sin verla, que él sabe que ella es la mujer que más lo ha querido.
Entonces pide otro café.

8. Los Galgos

Está sentado ahí, en ese bar antiguo, en la esquina de Callao y Lavalle, enfrente del Colegio del Salvador donde él hizo buena parte de la llamada escuela primaria, y ha pedido un café. Sabe que tendrá que esperar un rato. Diez, quince minutos o tal vez más. Echa la mitad de un sobrecito de edulcorante en el café y lo revuelve. En otros tiempos habría encendido un cigarrillo. Ahora no sólo está prohibido fumar en los bares: él, por su parte, ha dejado de hacerlo hace años. Y de pronto, de refilón, se ve reflejado en un espejo...
Nunca ha sido parecido a nadie. O él ha creído que no era parecido a  nadie, ni a su madre, ni a su padre, básicamente, y menos a sus hermanos. Es más, nunca ha entendido eso de los parecidos. Sin embargo casi todo el mundo le ha dicho a lo largo de la vida que era igual a su madre. Nada que ver con su padre pero sí con su madre. Él nunca se ha visto así.
         Sin embargo en este momento, en la figura que vio en el espejo, por primera vez cree ver en sus rasgos algo de su padre: el pelo escaso, o el bigote, o algo en la mirada.
         Por eso se queda inmóvil, con un cierto recelo mira... y sigue viendo, en el espejo, algo de su padre.
         Aborrece ver en él algo de su padre.
         Desvía la mirada.
         Toma el primer sorbo de café que no esta quemado, ni es flojo, ni demasiado fuerte: toma el primer sorbo de un café que está bien hecho, como si los más de setenta años de antigüedad del bar respaldaran la experiencia necesaria para hacer un buen café.
         Le parece, de todas maneras, que hoy ya es tarde para encontrarse parecido a nadie.


2. Los Galgos

         La vida pasa sin que nos demos cuenta de su paso. Y sólo en edades ya un poco avanzadas comenzamos a advertirlo. Cuando se llega a las últimas etapas la certeza de su paso resulta incomprensible. Nos parece que ha sido vertiginosa y sin embargo no hubo vértigo. La pregunta es: ¿qué hice en todo este tiempo? Y las respuestas, del orden que sea, parecen siempre insuficientes o débiles.
         De pronto, sin saber por qué, él recuerda que a lo largo del tiempo ha usado Paco Rabane, Eau Savage y Armani, tres eau de toilettes que marcaron épocas, tiempos distintos en su vida, un transcurso si se quiere ligero y al mismo tiempo inexorable. Podría recordar, incluso, cómo se vestía en cada una de esas épocas. Siempre informal, siempre un poco desprolijo, pero siempre con un estilo, por así decirlo. Con o sin corbatas, con o sin sacos, con o sin jeans, con zapatos, mocasines o zapatillas. Pero siempre, quiso siempre imaginar, con algún rasgo que hiciera de él y de su manera de vestirse un modo. Una manera de ser él. Algo tan trivial y tan visible como eso.